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El diario de Ana: confesiones de una anoréxica.

Este espacio no pretende hacer apología de ningún tipo, sólo es una historia más.
15 janvier

Cambio de blog



Me cambio de dirección. El Diario de Ana continúa en esta dirección:

confesionesdeana.blogspot.com


ANA



14 janvier

Libros

 
LIBROS
 
 
Alguien me preguntó hace unos días en un comentario cómo podía conseguir los libros de la lista. Pues bien, sé que hay mucha gente en la misma situación que no sabe dónde encontrarlos así que escribo esto por si os sirve de ayuda.
 
He leído todos los libros que hay en mi lista. ¿Dónde? ¿Cómo? En la bibliteca. Así de sencillo. Vas a la biblioteca municipal de tu ciudad, te haces socio, lo cual es gratuito, y tienes derecho a llevarte varios libros a casa durante un tiempo. No hay más misterio.
 
No sé si alguno de estos libros está actualmente a la venta porque los libros cuando no se venden demasiado dejan de editarse y es imposible encontrarlos. Pero para una persona a la que le gusta leer tanto como a mí, para una amante de los libros como yo, hay libros de los que resulta muy difícil desprenderse. Libros que te llegan al alma o que te aportan algo especial, libros que, por alguna razón, debes tener para siempre en tu estantería. El de Marya Hornbacher es uno de ellos. De hecho, llevo buscándolo durante varios años sin éxito.
 
Y he aquí la buena noticia, así que tomad nota. RBA Coleccionables ha reeditado una colección de libros que sacó hace algunos años titulada Testimonios de Mujer. Sale un libro cada semana y se puede comprar únicamente en papelerías y quisocos (no en librerías). La 9ª entrega es "Yo vencí la Anorexia" de Nieves Álvarez y la 20ª es "Días Perdidos" de Marya Hornbacher.
 
No sé muy bien por qué entrega va, pero no creo que haya llegado aún a la 10ª. Como podréis imaginar yo ya he reservado el mío porque esta vez no me quedo sin él.
 
Para los que no hayáis leido ninguno de los libros de mi lista, los tres que recomiendo son:
 
1. Dias Perdidos, Marya Hornbacher (es el mejor con diferencia; de esos libros que merece la pena tener.)
2. Diario de una anoréxica, Valérie Valère
3. Vencer la anorexia y la bulimia, Marianne Apostolides
 
 
ANA
 
13 janvier

Ausencia


13 ENERO 2007


Siento haber estado ausente practicamente desde Noviembre pero son cosas inevitables, las clases, las responsabilidades, las vacaciones…

Tengo varios textos a escribir en mente porque hay varias cosas de las que quiero tratar en mi diario. Uno de ellos es la bulimia, de la que apenas he hablado porque, en el fondo, me averguenzo. El otro es sobre la cantidad de chicas, seguramente muchas de ellas niñas, que entran en mi blog buscando las claves para ser anoréxicas. Estos son, entre otros, varios temas de los que quiero tratar de aquí en adelante.

Sé que tengo también pendiente Mi historia; pero es que… me resulta difícil porque cuando escribo me da la sensación de que me dejo tantas cosas… de que hay tantas cosas que se quedan por decir… me da la sensación de que nunca terminaré de escribirla.

Y, por último, tengo que escribir sobre mí. Sobre cómo estoy ahora, cómo me encuentro, cómo me siento, por qué. Llevo mucho tiempo intentado llegar a una conclusión sobre cómo estoy ahora porque no termino de encontrar mi hueco. No termino de econtrar mi sitio y no termino de encontrarme a mí. A veces, cuando creo que estoy mejor, que estoy más animada, más contenta, con ganas de salir a comerme el mundo, entonces, de repente, se me cae el mundo a los pies y… y. No entiendo por qué. No entiendo por qué a pesar de estar tan bien tengo la impresión de que no lo estoy. No entiendo por qué, en el fondo de mí, sigue viviendo esa voz, esa pequeña bruja o duende o lo que quiera que sea, que me obliga a odiarme, que me impide comer, que me grita y me empuja a perder peso, a volver a las andadas, a autodestruirme un poco.

Son muchas cosas las que tengo ahora en mente porque siento que estoy pasando de nuevo por un momento difícil o, más que difícil, extraño porque no sé muy bien dónde estoy ni a dónde voy. Porque me siento, otra vez, en el mismo punto en que me econtraba hace ahora 4 años pero sin la fuerza que tenía entonces, sin la fuerza que me daban la delgadez, los huesos, las dietas, los vómitos, los mareos, los tickets de la báscula, las ojeras, el estómago vacío, la anorexia. Porque, por alguna extraña razón, no me siento con fuerza para volver a aquello, porque, lo cierto es que, me da miedo volver a aquello; aunque algo me dice que tengo que volver a aquello porque, en el fondo, me muero por volver a aquello.

Sin embargo, sé que ahora mismo tengo que quitarme todas estas cosas de la cabeza, centrarme en los exámenes, que los tengo ya encima, y dejar para más tarde mis reflexiones y mis escritos. Así pues, estaré de nuevo ausente hasta mediados de febrero que terminen los exámenes y pueda, de nuevo, dedicarme a escribir, a pensar, a intentar comprender los por qués. Así pues, tendré que enfrentarme como pueda a este mes que se avecina, no sé muy bien cómo, intentado que todo lo que hay en mi cabeza pase desarpecibido lo más posible, intentando que esa fuerza, esa voz que hay en mi interior no me absorba del todo, al menos, de momento.

ANA


Propósitos 2007


13 ENERO 2007


Las vaciones de Navidad. Las temidas vaciones de Navidad que, por fin, han terminado. Si soy sincera, este año no han sido tan duras para mí, la verdad, supongo que es porque ahora no estoy tan sumamente obsesionada con la comida pero nunca dejan de ser desagradables. Comida por todas partes, dulces, miradas, críticas, calorías, calorías, calorías. Pero por fin han terminado. Y con ello llegan los nuevos propósitos. ¿El mio? Pues el de todos los años: ser perfecta.

Aprobar todas las asignaturas, ser la mejor del equipo, no discutir con mis padres, llevarme mejor con mis hermanos, adelgazar, hacer más deporte, comer menos, leer más, llamar más a menudo por teléfono a mis abuelos, discutir menos con mi chico, cumplir las reglas, estar a la altura, conseguir todo lo que me proponga… lo mismo que todos los años.

Ser perfecta: la alumna perfecta, la novia perfecta, la chica perfecta, la deportisita perfecta, la hija perfecta, la hermana perfecta, la nieta perfecta, la amiga perfecta, la persona perfecta.

ANA

Vaya sorpresa


13 ENERO 2007


Bueno, para empezar tengo que decir que estoy realmente sorprendida.

Siempre me gustó escribir. Desde hace muchos años. Desde que era muy pequeña. De hecho, muchas veces quise dedicarme únicamente a eso, a escribir. Siempre creí que no lo hacía mal de todo, si bien sabía que mis escritos tampoco eran una maravilla. Sin embargo; no sabía qué contar porque realmente no sabía mucho del mundo. Ahora, por fin, tengo algo que decir. El problema es, ahora, que sé mucho de casi nada y nada de casi todo. No soy una experta en la materia, simplemente hablo de lo conozco, que es únicamente esto porque no me atrevo a hablar de nada más; hablo de cómo me siento porque, gracias a Dios (o lo que quiera que haya allí arriba, si es que hay algo), tengo la capacidad para expresarme y, si soy sincera, creo que no lo hago mal del todo.

Cuando empecé este diario nunca pensé que fuese a leerme tanta gente, tampoco era lo que buscaba; simplemente fue un modo de continuar un cuaderno que empecé hace muchos años atrás en el que escribía para desahogarme. Así fue como nació este diario, como algo que me ayudaba a desahogarme, cuando estoy triste, cuando estoy enfadada, cuando estoy agobiada, desesperada, hundida, cuando no tengo esperanzas, cuando me siento sola, cuando quiero dejar de sentir. Porque, en el fondo, todos necesitamos desahogarnos y porque, desgraciadamente, mi historia no es algo que pueda ir contando por ahí. Nunca lo hice con la intención de acumular visitas o comentarios.

Bien, pues como decía, este diario no nació con el objetivo de ser leído ni apoyado pero para una persona a la que le gusta escribir tanto como a mí, para una persona que dedica horas y horas a escribir, a leer, a pensar, a reflexionar... siempre es reconfortante saber que hay gente que te lee, gente que se siente identificada contigo, gente que te comprende y gente a la que le gusta lo que escribes. Eso es algo que, sinceramente, aumenta la autoestima un poquito. El número de visitas de mi página supera las 8.000 y, como digo, es algo que nunca hubiese imaginado porque no era esa mi intención.

Así que, a todos los que me leéis, a todos los que dejáis vuestros comentarios, a todos los que me visitáis, a todos los que me linkeáis, a todos los que os gusta lo que escribo y a todos los que no os gusta lo que escribo pero me seguís leyendo, a todos los que os sentís identificados con mis palabras... Gracias.

Lo cierto es que nunca imaginé que escribiría una entrada en mi blog sobre esto pero aquí estoy; así que aprovecho para animaros a que dejéis vuestros comentarios. Yo intentaré responderlos, así como responderé también los comentarios pendientes que habéis dejado en mi asusencia, no sé cuándo, pero lo haré.

ANA


7 novembre

Mi historia III

 
 
07 NOVIEMBRE 2006
 
 
3ª PARTE
 

Por otra parte, yo empecé a obsesionarme un poco más por mi peso, por mi alimentación… y cada vez empecé a darme más cuenta de que quizás tenía un problema. Al principio yo pensaba que los vómitos eran una solución hasta que perdiera el peso que me sobraba y que luego lo dejaría. Luego, con el tiempo empecé a pensar que quizás no podría dejarlo. En realidad, yo sabía que sí que podía dejarlo, el problema era que no quería hacerlo. Y empecé a darme cuenta de que quizás podía empezar a escapárseme de las manos. Empecé a informarme sobre los trastornos de la alimentación, porque sabía bastante poco sobre este tema.

En realidad, sabía prácticamente lo que sabe todo el mundo, que la bulimia y la anorexia son dos enfermedades que consisten en comer y vomitar una y dejar de comer la otra. Además, estas enfermedades yo las concebía, como el resto de la sociedad, con la imagen de la delgadez. Y precisamente era eso lo que yo quería, o lo que creía que quería. Así que pensé que iba por buen camino. Seguí leyendo, informándome… tenía la necesidad de clasificarme entre una de esas dos enfermedades, pero no sabía dentro de cuál hacerlo. Por una parte es cierto que vomitaba pero no me daba atracones como hacen las bulímicas, no tenía esa necesidad, sino que lo hacía con el objetivo de deshacerme de la comida que me obligaban a comer. Por otra parte, había reducido considerablemente mi dieta, sin embargo, aún seguía comiendo muchas cosas, y lo más importante, no había perdido la menstruación. Leí que existían ciertos trastornos alimentarios no específicos (TANE) con los que me sentí más identificada, sin embargo, no estaba satisfecha. Esos trastornos más desconocidos no eran tan importantes y no aseguraban la delgadez que yo necesitaba. Me seguí informando y descubrí que había dos tipos de anorexias, la anorexia restrictiva y la bulímica. En la primera, la paciente reducía su dieta muy considerablemente y en la segunda se ayudaba de los vómitos para deshacerse de la comida. Me clasifiqué en esta última; sin embargo, aún me sentía íntimamente relacionada con la bulimia y eso no me gustaba. Me informé sobre esta enfermedad y me enteré de que estas personas suelen tener peso normal o ligero sobre peso. Además, leí otras consecuencias como la caída de los dientes o la corrosión del esmalte de estos que me dieron mucho miedo, lo que me decidió a deshacerme para siempre de esta enfermedad. Tomé una decisión muy importante. Puesto que quería estar delgada, tan delgada como las anoréxicas, que necesitaba mantener el control sobre algo, sentirme capaz de conseguir algún objetivo o propósito y especialmente depender de mi trastorno y, además de que en casa me era ya muy difícil esconder mi problema, decidí hacerme anoréxica voluntariamente.

Recuerdo perfectamente el día que tomé aquella decisión. Fue un 5 de febrero. Uno de mis amigos, con el que me llevaba muy bien y que tenía un gran sentido del humor, aunque a veces no reparara en sus comentarios, me dijo esa tarde, a modo de chiste, que estaba gorda. Tal vez malinterpreté sus palabras porque no era esa la intención de su comentario, pero eso me bastó. Aquella tarde se dieron todas las circunstancias oportunas para que decidiera dejar de comer. Recuerdo que aquella noche sólo comí una manzana. Al día siguiente comenzó mi huelga de hambre.

Ahora, años después me he dado cuenta de que nunca decidí hacerme anoréxica voluntariamente, de que esto no es algo que se elige. Estoy convencida de que si no hubiese sido ese día mi huelga de hambre habría comenzado cualquier otro. Era algo que tenía que suceder. Tal vez por una cuestión genética, tal vez por una cuestión psíquica o, tal vez, simplemente porque era mi sino.

Únicamente, creo que se dieron las circunstancias necesarias o suficientes para que se desarrollara en mí esa enfermedad. Sencillamente, fue el único modo que encontré de escapar de una vida que se me antojaba sumamente difícil, fue el único modo que encontré de escapar de mí misma.

 
Continuará...
ANA
 
30 octobre

Mi historia II

 

30 OCTUBRE 2006

 

2ª PARTE

Tenía clase por la tarde dos días a la semana, lunes y martes, y, puesto que mi madre salía muy tarde de trabajar y mi casa estaba un poco lejos del colegio, esos días almorzaba en el comedor. La comida no era muy abundante, pero de todas formas yo siempre dejaba comida en el plato para que luego fuese más fácil devolver lo que había comido. Cuando recogía mi bandeja ante la mirada de mi compañera con la que comía (y con la que no me llevaba muy bien), me iba al baño, cerraba la puerta, abría el grifo y me mojaba dos dedos de la mano derecha para que se deslizaran sin ningún problema por mi garganta. Luego los introducía cuidadosamente e intentaba meterlos lo más atrás posibles, como cuando el médico te mira si tienes anginas y tú estás a punto de vomitar. Hacía esto repetidas veces, hasta que me había deshecho de cierto porcentaje de la comida que había ingerido, no de toda; puesto que por aquel entonces yo aún pensaba que la comida era necesaria y que con sólo reducir un poco mi alimentación reduciría mi peso. Entre una y otra vez me lavaba los dedos con agua puesto que era incapaz de meterme los dedos con restos de comida en la garganta. Cuando terminaba, me lavaba las manos, me las secaba con un trozo de papel, me limpiaba la cara e intentaba que se notara lo menos posible mi cara enrojecida e hinchada, aunque era casi imposible.

Así, poco a poco, fui vomitando más a menudo. Los demás días de la semana, cuando había comidas con muchas calorías. Iba al baño, dejaba correr el agua del grifo para que no me escucharan y me metía los dedos una y otra vez. Al principio lo hacía en el retrete pero el agua goteaba desde el lavabo cada vez que me limpiaba los dedos para volver a introducirlos, por lo que terminé haciéndolo en el mismo lavabo. Simplemente tenía que ir empujando la comida para que no se quedara en el los agujeros y se atascara.

Mi padre no comía en casa y mi madre no se daba cuenta. Ella sólo pensaba que hacía cosas muy extrañas con la comida. Por ejemplo, la costumbre que adquirí de no comerme la fruta hasta después de un rato, decía que tenía que relajarme un poco y descansar de la comida y luego me la comería. En realidad, me daba igual estar o no hinchada, lo que quería era vomitar la comida que engordaba y guardar las vitaminas de los alimentos sanos como la fruta.

Mientras tanto, yo seguí teniendo mi vida normal, porque cuando tienes estos problemas es como si tuviese dos vidas al mismo tiempo. Por un lado está tu vida normal, la de tus amigos, tu familia, tu vida personal… y por otro tu vida de anoréxica o bulímica que por supuesto condiciona la otra. Aunque de momento, por aquel tiempo yo las tenía bastante separadas. Sin embargo, mi trastorno me ayudaba mucho en mi otra vida o al menos eso creía yo. Para empezar me ayudaba a adelgazar que era lo que más quería puesto que creía que si lo conseguía me daría la felicidad, todas las cosas que no había tenido nunca y con las que había soñado: popularidad, novio, amigos, buena imagen, expectación… y por otro lado me daba seguridad, me hacía sentirme más confiada y aumentaba mi autoestima.

Al mismo tiempo, al ir perdiendo peso, aunque lentamente, la ropa iba quedándome más holgada y eso me producía una enorme satisfacción y sensación de euforia. Además, fui comprándome ropa nueva, de tallas más pequeñas, cosa que me hacía sentirme realmente feliz. Fui cambiando mi vestuario, empecé a dejar de vestirme como siempre, como una niña y a llevar ropa de gente de mi edad, a sentirme más mayor, más atractiva… aunque todavía no me veía realmente bien.

Seguía vomitando tras las comidas, sin preocuparme por nada más que por adelgazar. A veces, cuando vomitaba me miraba en el espejo con la cara roja, llorosa y pensaba "Ana, estás enferma, ¿qué estás haciendo? Mírate, tienes que parar, párate, eres muy triste, fíjate a dónde has tenido que llegar porque no eres capaz de controlarte y no comer, eres lamentable, ¿qué haces? ¿por qué no paras?" pero, a la vez, no quería dejarlo porque el ver todo lo que había vomitado me alegraba realmente el día y me hacía sentirme bien. Era la manera de librarme de la culpabilidad que me hacía sentir el comer y el no poder controlarme. De librarme de esa sensación infernal de odio hacia mí misma. Otra sensación genial que me daba mi trastorno era el secreto, el tener algo propio, algo mío, algo que solamente yo sabía y que nadie más podía controlar, solamente yo. Nadie que me dijese lo que tenía que hacer ni cómo hacerlo, nadie que me diese órdenes, que me controlase, que me vigilase en cada momento, porque ese era mi momento, mío, solamente mío.

Un día, cuando todavía no era consciente de lo que me estaba pasando, pero empezaba a darme cuenta, fui como de costumbre al baño. Había comido espaguetis con tomate. Introducí mis dedos mojados en la garganta y vomité la comida. Tras varias veces conseguí vomitar prácticamente todo el plato. Sin embargo, parte de los espaguetis se quedaron en el lavabo. Intenté empujarlos por el agujero, pero el lavabo no tragaba el agua y estaba lleno de comida. Me puse muy nerviosa, no sabía qué hacer; intenté todo lo que se me ocurrió pero fue inútil. Los restos de comida de días anteriores obstaculizaban el paso de los gusanillos alargados que se negaban a abandonar el lavabo. Metí horquillas, pinzas… para intentar sacar la comida, pero fue inútil, el lavabo no tragaba. Abrí la puerta del baño, me aseguré de que ni mi hermano, ni mi madre entraran en el baño y cogí un destornillador. Cerré de nuevo la puerta del baño e intenté inútilmente abrir el tapón agujereado del lavabo que no dejaba pasar la comida. Yo cada vez estaba más nerviosa y no se me ocurrió otra cosa que llamar a mi hermano (con el que entonces me llevaba muy bien) para que me ayudase a librarme de la comida antes de que mi madre se diese cuenta. Él me preguntó qué había pasado y yo le dije que se había atascado y me preguntó cómo. Le dije que eso daba igual y me dijo que si no se lo decía que no me ayudaría. Yo me quedé callada. Me preguntó que si había vomitado, que si me había metido los dedos. Asentí con la cabeza. Luego preguntó que si era la primera vez que lo hacía y yo no pude mentir y le dije con voz muy baja que no. Intenté llorar porque mi secreto más oculto había sido descubierto y ahora nada sería lo mismo, pero mi orgullo, mi felicidad por conseguir ser cómo quería ser no pudo evitar que me echara una carcajada. Me reí mientras mi hermano volvía la cabeza y preguntaba: "¿Te hace mucha gracia?" "No", dije yo y entonces ahí fue cuando no pude más y me eché a llorar, cuando me di cuenta de que nada sería igual. Le pedí y le rogué a mi hermano entre lágrimas que no se lo dijera a mi madre. Él no sabía qué hacer. Intentó desatascar sin éxito el lavabo. Lo único que conseguimos fue eliminar la comida de tal manera que mi madre creyese que se había atascado por mis pelos, porque ella siempre decía que un día se atascaría si no quitaba los pelos al cepillarme el pelo, con lo que se tragó el cuento. Fui rápidamente al supermercado y compré un desatascador que utilicé en alguna otra ocasión sucesiva a escondidas de mi madre.

Como bien sabía las cosas entonces no fueron iguales. Yo no sabía si mi hermano había cumplido su promesa de no decírselo a mi madre o si se lo había contado, aunque me extrañaba que si lo hubiera hecho ella no me hubiese dicho nada. Por otra parte me negaba a creer que él hubiera guardado el secreto, cosa que creo que hizo al menos por el momento. Tal vez mi madre lo supiera pero no hubiese dicho nada porque no sabía cómo reaccionar y necesitaba prepararse. Tal vez. Desde entonces, cada vez que comía me ponía muy nerviosa, sin saber si luego podría vomitar, si lograría que nadie se diese cuenta. Así reducí ligeramente mi dieta, con el temor de no poder deshacerme de la comida después. Además yo vagaba por la casa evitando la mirada de mi hermano en cada momento. Me había destrozado. Él lo sabía, con toda la fuerza que daba el mantener el secreto y él había tenido que romper el hechizo. Empecé a odiarle. No podía verle, me daba miedo. Sobre todo en las comidas, le evitaba constantemente, no quería saber nada de él.

Continuará..

ANA

 

18 octobre

Mi historia I


18 OCTUBRE 2006


Llevo mucho tiempo trabajando en estas líneas. De hecho, la mayor parte del texto ya estaba escrito pero siempre tenía la sensación de que no estaba acabado, de que había muchas más cosas por decir, que había muchas más cosas que contar. Aún hoy, después de leer, releer, modificar y retocar frases y frases, tengo la sensación de que, a pesar de la cantidad de palabras, no consigo decir lo que quiero decir. No hay palabras suficientes para explicar el dolor, el sufrimiento o la tristeza. No hay palabras para describir el infierno.

Por algúna razón que no llego a comprender, tenía la necesidad de hablar, de desahogarme, tal vez; de confesarme. Tenía, y tengo, la necesidad de encontrar una explicación, de encontrar las respuestas a tantos por qués que aún siguen sin respuesta. Tal vez, esta pequeña confesión, que no es otra cosa que una parte de mi historia, me sirva de algo. Tal vez no. Sin embargo, es una parte de mí, es un sentir real, una historia real, verdadera; mi historia, que he tardado tantos y tantos años en poder contar. Años de sufrimiento, dolor y tristeza, años de mentiras y engaños, años de divagaciones y pesadillas, años de esclavitud, años en mundos paralelos y distorsionados, años de locura.
Este no es más que un intento de liberarme de esa parte de mí que no me permite ser feliz porque cuando llevas tantos años tragando, callando, ocultando... llega un momento en que todo eso te ahoga, te abruma, te devora por dentro. Este no es más que un intento por liberarme de ese no sé qué que me ata, de ese algo del que soy presa que, en el fondo, sólo soy yo misma. Es un intento de explicar, de entender, de comprender las razones, los por qués de mi vida, los sinsentidos.
 
Esta es la historia de mi vida (o de lo poco que recuerdo), resumida, por supuesto, y en pocas palabras porque es estremadamente difícil contar una vida en unos pocos párrafos. Pero, al fin y cabo, es la vida de cada uno y todo lo que ello conlleva lo que forman las historias. Creo que he conseguido, en cierto modo, reconciliarme conmigo misma y romper años de silencio para, por fin, comenzar a contar mi historia.
 

1ª PARTE

Todo empezó hace ya 6 años. Ya había tenido algún "antecedente" con mis problemas de comida. Recuerdo una vez, hará ahora unos 9 años, en la que me dio por decir que estaba muy gorda, realmente lo estaba, y decidí no comer. Estuve una semana prácticamente sin comer. Supongo que ahí empezaron mis problemas con la comida.

De pequeña vivía en una ciudad donde yo era feliz, al menos así lo recuerdo. Tenía muchas amigas, había chicos que me querían, me iban bien las notas y hacía gimnasia rítmica. Comía en el comedor del colegio, pero tenía muchos problemas. No me gustaba casi nada y comía muy poco. Cuando las monjas no miraban escupía la comida debajo de la mesa, garbanzos, lentejas, verduras… daba igual. Siempre me quedaba la última en el comedor soportando la reprimenda de mis maestras. Como no podíamos salir hasta que no nos hubiéramos comido el postre, yo me metía la mandarina entera en la boca y esperaba a salir fuera para escupirla. Escondía la comida en pedazos de pan que dejaba en el plato, la escondía en las servilletas, hacía lo que fuera para no comerla. Sin embargo, todo esto no lo hacía porque estuviese gorda, ni porque necesitase tener el control de algo, pues yo era feliz. Lo hacía por el simple hecho de que no me gustaba la comida. Nunca tuve una relación sana con la comida. Mi madre dice que cuando era aún muy pequeña, tenía muchos problemas para conseguir que comiera y que, habitualmente, tenía que darme vitaminas y estimulantes para el apetito. También me contó que cuando íbamos a la playa me comía puñados y puñados de arena. Este tipo de conductas actualmente se denominan por un trastorno conocido con el nombre de "Pica".

Me encantaba la gimnasia rítmica. Entonces no tenía consciencia para saber en qué me estaba metiendo y no sabía si yo era buena o no, pero tenía elasticidad y me salían las cosas que aprendíamos. Poco a poco, no sé cómo, fui adquiriendo mis patrones familiares y empecé a valorar la comida que me gustaba. Empecé a comer en más cantidades e incluso comía sin tener hambre. Recuerdo que había una pastelería cerca del gimnasio y cada tarde al salir, mi madre me compraba un dulce de chocolate que devoraba ferozmente. Siguiendo las conductas de alimentación de la tierra y también de mi familia, comencé a comer entre horas. Como era normal mi volumen fue creciendo. Los años del comedor habían terminado y en casa me alimentaban con comidas que me gustaban. Al ir engordando empecé a darme cuenta de que mi cuerpo no era el mismo y él lo sentía cuando en los entrenamientos de gimnasia rítmica ya no podía hacer los mismos ejercicios, ni estirar lo mismo. Fui perdiendo elasticidad, mientras mis amigas seguían avanzando. Llegó un momento en el que ya no pude más y lloré y rogué a mis padres que me sacaran de allí.

Un año más tarde, mi familia y yo nos mudábamos a a otra ciudad. Mi vida allí comenzó de cero. Llegué sin ninguna gana de vivir allí y la gente de mi colegio nuevo no me ayudó nada. Era gente muy diferente a la que yo había conocido. Yo era muy inocente y pensaba que la vida era maravillosa. Creía en la aceptación por encima de todo, siempre me había sentido bien en clase, creía que las diferencias no podían separar a la gente, pero no era así. Desde el primer día caí mal en clase. Era muy diferente a las demás chicas. Era gordita, dulce, inocente, educada y seguía vistiendo como una niña. Realmente seguía siéndolo, era muy infantil y mientras yo pensaba en muñecas, cocinitas y en ser madre algún día, las chicas de mi clase, intentaban vestir como las mayores, ser como ellas, tener novio… No fui bien recibida, no sólo por mi físico, sino por mi carácter y mi forma de pensar. Pasé así los siguientes 6 años. Yendo a clase sin gana, soñando que algún día eso terminaría… Todos esos seis años había llevado una vida sedentaria, sin salir de casa y matando mi tiempo libre comiendo. Al principio cuando llegué, bajaba al patio a jugar con otros chicos de mi edad pero sus burlas por mi físico me obligaron a mantenerme alejada de ellos. Fui adquiriendo madurez y también conciencia de mujer. Me apetecía arreglarme, ser como las demás chicas, estar delgada y gustar a los chicos, pero era imposible. Durante esos seis años conocí a algunas de mis mejores amigas. Sin embargo, llegó un momento en el que yo acabe teniéndoles envidia, porque eran delgadas y, por aquel entonces, comencé a creer que era eso lo que fallaba en mí. Fue entonces cuando sucedió aquel "antecedente" con mis problemas de comida. Recuerdo la vez en que le comenté a una amiga que llevaba prácticamente dos días sin comer, ella reaccionó de forma extraña. Corrió y se lo contó a otras amigas y todas se rieron, aún recuerdo sus voces… : "Ja, ja, ja, Ana anoréxica, ja, ja, ja". La verdad es que fue absurdo, porque la semana siguiente seguí comiendo como si nada hubiese pasado.

Recuerdo también cuando en casa veíamos en las noticias que cada vez era mayor el número de adolescentes con problemas de anorexia y bulimia. Y yo decía "Por lo menos podéis estar seguros de que yo nunca tendré un problema de esos" mientras por dentro me moría de envidia por ser como esas chicas delgadas pues creía ciegamente que eso me traería la felicidad.

En casa, mi familia también se había dado cuenta de mi aumento de peso y no paraban de decirme que tenía que comer menos, que estaba muy gorda, que comía mucho y que tenía que hacer ejercicio. Me lo decían constantemente. Yo sabía que estaba gorda, pero no podía soportar la idea de que mi familia me lo estuviese recordando cada momento.

El último año que viví en aquella ciudad fue el peor de todos. Quería cambiar y no lo conseguía quería que todos me vieran delgada, quería caer bien a la gente, quería todo lo que no tenía. Quería ser divertida, alegre, marchosa… todo lo que no era. Todo eso comenzó a hundirme. La idea de ser así me derrumbó totalmente y caí en un pozo sin fondo. Empecé a comer más porque estaba deprimida. Nada me salía como quería, todo me salía mal, no servía para nada. Estas ideas empezaron a vagar por mi mente y comencé a odiarme. Cada vez me arreglaba menos porque no tenía ganas de hacerlo y me gustaba menos porque no me arreglaba. Veía como todas las chicas de mi clase y de las otras clases tonteaban con los chicos, llevaban ropas bonitas, eran alegres, delgadas, divertidas, salían y tenían novios. Mientras, yo me quedaba en casa reprimiéndome por no ser como ellas. Tenía la sensación de que no caía bien a nadie y que mi vida no tenía sentido.

Cuando acabó el curso nos mudamos otra vez. Nos alejábamos por fin de aquel infierno a más de 800 kilómetros de distancia. Mi vida dio un giro. Cambié de casa, de coche, de ciudad, de colegio, de amigos; cambié de vida. Todo cambió de repente. Desde el primer día me sentí bien recibida en mi colegio nuevo. Empecé a hablar con gente nueva y entré en un numeroso grupo de amigos. Con el tiempo fui haciéndome un hueco. Sin embargo, yo seguía siendo gorda. Mis nuevas amigas eran delgadas y yo quería ser como ellas, tener lo que tenían ellas.

En febrero hicimos un viaje a Italia, durante el cual lo pasé realmente genial y durante el cual, por alguna extraña razón, me di cuenta de que tenía que adelgazar. Por aquel tiempo, ponían en televisión una de mis series favoritas. Mi personaje favorito era una chica, era guapa, pero no la que más, era normal y por eso brillaba con luz propia. En uno de los capítulos ella contaba que de pequeña había sido patinadora sobre hielo pero que tuvo que dejarlo porque su cuerpo empezó a cambiar y ya no servía para ese deporte. Me recordó mi etapa de gimnasta. La chica se seguía viendo gorda y se metía los dedos en la garganta para eliminar la comida que ingería. Vi el capítulo con expectación. Unos meses después de volver de nuestro viaje por Italia, un día, sentí que había comido demasiado y me dolía mucho el estómago. Tenía que librarme de la comida y se me ocurrió probar lo que había visto en televisión. Así que con un poco de miedo me metí los dedos y vomité todo lo que había comido. Me di cuenta de que era una manera muy sencilla de adelgazar. Sólo tenía que disfrutar de una abundante comida y sin más vomitarla y no engordar ni un gramo. Fue así como comenzó todo.

Al principio lo veía como un juego, no pensé que eso fuera a traerme problemas, todo lo contrario; me iba a ayudar a adelgazar sin ningún esfuerzo, a conseguir lo que yo más ansiaba, aquello que yo creía me traería la felicidad: la delgadez. Sabía que era un camino un poco largo puesto que apenas hacía ningún esfuerzo pero realmente no estaba dispuesta a privarme de la comida y no tenía ninguna fuerza de voluntad. Así fue cómo comencé mi rutina entre baños, lavabos, arcadas y vómitos.

Continuará...

ANA

 

28 septembre

Vencer la anorexia y la bulimia

 

Vencer la anorexia y la bulimia

(Marianne Apostolides)

 

3. Adolescencia anoréxica.

 

Comencé como la mayoría de los que hacen régimen: leyendo las etiquetas de los alimentos, calculando las calorías y la grasa de todo lo que comía, suprimiendo las comidas "no básicas", nada de tentempiés, nada de pan, nada de bollos, nada de dulces. Al cabo de un par de semanas, la ropa me quedaba un poquito más holgada. Me sentí eufórica, como si hubiera entrado en un estado de ánimo alterado y excitado. "¡Puedo conseguirlo!" Estaba recuperando el control, cambiando, volviéndome sensual, convirtiéndome en una mujer.

Mi madre sabía que algo andaba mal en actitud, pero no sabía cómo encararlo. No sabía que "eso" era una anorexia en cierne. Suponía que mi problema era con la comida, no con las emociones; que mi problema se podía arreglar cambiando a la fuerza mis patrones de alimentación en lugar de ayudarme a cambiar mis patrones de conducta, de sentimientos y de pensamientos.

Entonces estaba completamente inmersa en mi mundo anoréxico con mi pensamiento anoréxico. La anorexia contaminó cada parte de mi vida: mis pensamientos, emociones, sueños, deseos, relaciones, miedos… Examinaba cada actividad potencial de mi vida en términos de cómo afectaría a mi consumo de alimentos.

La visión de la vida a través del prisma de la anorexia era muy distorsionante, pero yo necesitaba ese mundo distorsionado cuando el mundo "real" –el mundo de los chicos, las citas, las pandillas y los deberes de la escuela– era más de lo que mi cuerpo y mi psique podían aguantar de manera saludable. Al entrar en el estado mental anoréxico, estaba en un mundo racional que yo había construido y en el cual no tenía que sentirme avergonzada, fracasada socialmente ni aislada, y tampoco tenía que odiarme a mí misma. Cuando pensaba en el control del peso, podía barrer las emociones e ir derecha a lo conocido, al rigor y la fiabilidad de las calorías, los gramos de grasa, los números de la báscula.

El régimen y los deberes de la escuela me proporcionaban una sensación confortable, una isla de seguridad donde podía descansar cuando me ahogaba en el océano social y emocional del noveno curso.

A causa de mi anorexia me libraba de todos esos sentimientos incómodos. La anorexia también me salvaba de reconocer que me sentía deprimida en aquellas fiestas, que no encajaba en aquel círculo social. En lugar de aceptar que me hacía a mí misma infeliz me replegaba en la excusa de que no podía hacer vida social porque no estaba lo bastante delgada. Una vez que estuviera lo bastante delgada, sería bien recibida en ese círculo social. Una vez que estuviera lo bastante delgada, sería una chica tranquila, sensual y popular. Si cambiaba de cuerpo, cambiaría mi vida.

Quería dejar de sentir

, acabar con la sensación de soledad y de torpeza.

No tenía energía para seguir despierta porque no me sentía a mí misma. Aunque rechazaba la comida mi cuerpo la necesitaba, mis emociones se centraban en ella y no pensaba en otra cosa durante el día. La comida me fascinaba, me repelía y me atraía.

Como no era capaz de afirmarme de manera positiva, inconscientemente " me afirmaba" volviéndome una chica demacrada, frágil, enfermiza. Me ponía enferma para que la gente reconociera que tenía valor. Pero en la vida real no funcionaba. Por mucho peso que perdiera, no me sentía aceptada por los demás ni me sentía valorada como persona.

Antes de empezar a hacer régimen sabía, a un nivel básico e inconsciente, que era necesario hacer ejercicio y equilibrar el consumo de proteínas, hidratos de carbono y grasas. El cuerpo me indicaba cuándo quería comer y cuándo estaba satisfecho; me indicaba cuándo quería hacer ejercicio y cuándo necesitaba descanso. Pero ahora, ignoraba las señales de hambre y saciedad de mi cuerpo; dejaba que fuera mi mente quien me dijera cuándo comer y cuándo hacer ejercicio. Dejé de sentir mi cuerpo, dejé de escucharlo; sentía un impulso y actuaba según ese impulso. Ahora pensaba en mi cuerpo, diseñaba una rutina, calculaba, medía su valor en números. Ese pensamiento obsesivo creaba interferencias que me permitían ignorar mis emociones agitadas, mis piernas cansadas y mi estómago vacío.

En mi mundo anoréxico, mi cuerpo no era algo que me perteneciera o de lo que disfrutara. No podía sentirme fuerte cuando practicaba deportes, ni sentirme guapa cuando me arreglaba, ni sentirme sensual cuando fantaseaba. Eran otras personas las que tenían que juzgar y aceptar mi cuerpo. Por eso, tenía que hacerlo digno de ser juzgado y aceptado. En mi mente, rara vez lo era. Todas las noches me desnudaba, me pesaba y me miraba al espejo. Me hacía feliz ver cuánto peso había perdido, pero no me hacía feliz lo que veía.

Sin embargo, en otros momentos en los que me sentía muy tranquila, me daba cuenta de que estaba demasiado delgada. No era consciente de que tenía un aspecto demacrado o enfermizo, con la piel colgando de los huesos. Pero sabía que estaba demasiado delgada.

Me daba demasiado miedo cambiar mi rutina, relajar el control

.

En el momento del control, en el momento de acercarme a la comida, no podía librarme de mi pensamiento anoréxico. No podía cambiar las reglas y comer más porque mi incapacidad para comer no tenía nada que ver con la comida. Tenía que ver con el hecho de enfrentarme a mí misma y a mis emociones, cuando no me quedaba otro remedio. Al haber hecho tantos esfuerzos para controlar lo que comía, no podía abandonar la dieta; la necesidad de hacer dieta era más importante que la necesidad de perder peso.

Mi cuerpo respondía a mi negación de la comida avisándome, de todas las maneras posibles, que necesitaba combustible para sobrevivir: mi estómago rugía desesperadamente por estar vacío; tenía la piel seca y descamada; me crecía un vello suave en la cara; cuando me ponía de pie, las rodillas me fallaban como si me fuera a desmayar. Mi cuerpo se asustaba. Pero mi mente respondía al hambre de mi cuerpo con un no firme.

Me sentía atrapada entre la sensación física de comer y la necesidad emocional de no comer. Si algo o alguien inclinaba la balanza en esa lucha hacia la necesidad física tentándome con comida u obligándome a comer, me volvía agresiva y desagradable. Todo mi equilibrio estaba amenazado y respondía como lo haría cualquier persona que tratase de protegerse y proteger su realidad: estallando.

Una de las maneras que tenía para rechazar el hambre era ponerme desagradable, dirigir hacia fuera mi energía y mis emociones negativas.

Tenía miedo de que me pillaran, miedo de que mi madre me privara de mi anorexia.

No era sólo en las comidas cuando mi madre y yo sentíamos la presencia de la anorexia en la casa. Las dos éramos conscientes de mi trastorno de la alimentación y de que no lo examinábamos. Ya no podíamos hablar con tranquilidad. Cada conversación estaba cargada de rabia, una rabia que nos permitía expresar la confusión, el odio por nosotras mismas y la tristeza que crecía dentro de las dos. En lugar de dejarnos sentir y de trabajar a través de nuestras emociones, gritábamos, pero nunca pronunciábamos las palabras "anorexia" o "ataque de ansiedad". No sabíamos cómo hablar de esas cosas. Mi madre estaba demasiado asustada y agobiada por la culpa como para aprender sobre los trastornos de la alimentación y hablarme con tranquilidad. Yo estaba demasiado desesperada y era demasiado dependiente de mi trastorno de la alimentación para hablar de él y dejar de utilizar a mi madre como desahogo emocional.

Yo quería seguir haciendo ejercicio y evitar enfrentarme a mi problema; mi madre quería que yo dejara de sufrir, ayudarme a ser feliz y aliviar su sentimiento de culpabilidad, que le hacía sentirse un poco responsable de mis problemas.

El trabajo y el régimen. La isla donde estaba a salvo.

ANA

 

23 septembre

Nunca es demasiado tarde

 

22 SEPTIEMBRE 2006

 

Actualmente estoy trabajando en un texto que quería escribir desde hace tiempo, sin embargo, como no me gusta dejar las frases a medias y necesito que todo lo que hago sea simplemente perfecto, me está resultando más complejo de lo que pensaba y me llevará algún tiempo. Por eso, de momento, no voy a publicar nada; si bien, quiero recuperar un escrito que puse como respuesta al comentario de una chica hace bastante tiempo y que considero lo suficientemente valioso y sincero como para estar en la página principal de mi diario.

Espero poder publicar, algún día, esas líneas en las que estoy trabajando.

 

"Sé muy bien cómo te sientes. Sé que es muy dificil. Sé que es tremendamente duro. A veces tienes fuerzas, te levantas y tienes ganas de comerte el mundo y otras veces... te sientes un puntito totalmente insignificante y quieres desaparecer.

No pienses que has fastidiado tu vida o que has perdido el tiempo. No pienses eso. Lo importante es que desees recuperarla. Pensar que la tienes en tus manos, que te están dando la oportunidad de decidir qué quieres hacer. No has fastidiado tu vida. Te queda toda la vida por delante y te esperan cosas maravillosas. Ese pensamiento es lo que más me ha ayudado a mí siempre. La esperanza. La esperanza de saber o de creer que algún día todo será diferente, que algún día conseguiré todo lo que ansío en la vida, ser feliz.

También yo tuve unos años en que me sentía tan sumamente mal que no quería salir de casa. Bueno, lo cierto es que quería salir de casa porque no me sentía a gusto con mi familia pero no deseaba ver a nadie más. Dejé todo de lado. Dejé de ir a clase porque no quería que me vieran, porque me sentía mal delante de los demás. Mentía a mis padres para irme de casa y pasaba horas fuera, sola, paseando, pululando por ahí. Matando el tiempo y también a mi misma.

Sé muy bien lo que se siente. Yo ahora siento que he perdido el tiempo. Que he desaprovechado todas las oportunidades que me han ofrecido. Pero nunca es tarde, sobre todo para recuperar tu vida. Y yo ahora estoy intentándolo. Y sé que es muy difícil y nadie sabe verdaderamente cuánto más que tú.

Yo no puedo ayudarte a seguir adelante, es algo que tienes que hacer tú sola. Pero puedo apoyarte, animarte, decirte que merece la pena, que puedes hacerlo. Yo también me caigo, me hundo. Hay días en que siento que retrocedo, que he tirado todo mi esfuerzo por la borda, que no lo conseguiré, que no puedo hacerlo. Que no quiero hacerlo. Pero entonces pienso que merece la pena.

Tienes que hacerlo tú sola. Nadie va a decirte cómo tienes que vivir o cómo tienes que sentir. A mí me costó mucho dar el paso. No tuve ayuda. Nada de psicológos, médicos o psiquiatras. Nada de familia, ni amigos. Solo yo. Después de muchos años me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo persiguendo un sueño de perfección imposible, un sueño que creía me haría feliz. Después de muchos años me pregunté si de verdad ese sueño que tanto ansiaba, ese sueño por el que estaba dejando mi vida, de verdad me daría lo que buscaba. Lo cierto es que no sabía realmente lo que buscaba pero me di cuenta de que no era eso lo que estaba buscando. Después de tantos años me di cuenta de que, a pesar de todo mi esfuerzo, a pesar de tantos años luchando por un sueño, no había conseguido nada. Y me di cuenta de que tenía que cambiar. De que el camino que había elegido, el camino que estaba siguiendo no era el que de verdad quería seguir. Y me resultó terriblemente dificil dar el paso. Me costó muchos años dar el paso. Pero lo importante es que lo di. En el fondo de mí, deseaba darlo pero tenía miedo.

Dar el paso no quiere decir que vayas a curarte, no quiere decir que ya estés recuperada. Dar el paso supone un compromiso. Significa que has decido cambiar, que estás convencida de que quieres hacerlo. Y eso es lo más importante. Querer. Por mucha ayuda que recibas sino quieres salir de esto no vas a hacerlo. Tienes que querer salir.

Como te digo, para mí fue muy importante la esperanza. Creer en un mañana, soñar, soñar que algún día todo sería diferente. No podía tirar mi vida sin haber vivido todo lo que me queda por vivir. Pero sé que es muy dificil vivir de los sueños. El día a día, la realidad, es muy diferente. Para seguir adelante no tengo ningún consejo. Creo que lo único que podemos hacer es intentar cambiar lo que no nos gusta, y no me refiero a un cambio físico sino, a cambiar en nuestra cabeza los conceptos que tenemos de las cosas. La mente es muy compleja. No vemos el mundo a través de los ojos sino de la mente; ves lo que quieres ver. ¿Por qué no cambiar eso? Tú puedes decidir cómo quieres que sea cada cosa. La importancia de las cosas está en la importancia que tú les das.

Decidí que quería salir de todo esto y dar el paso en un viaje. En un viaje en el que me di cuenta de que las cosas a veces no son como las vemos. Si en aquel lugar podía sentirme bien porque me sentía libre y me sentía yo misma, ¿por qué no podría sentirme así en casa, en mi día a día, en mi realidad? Desde entonces intento cambiar mi forma de pensar, mi forma de ver las cosas. Intento llenar mi vida de cosas que me hagan sentir bien de verdad. Intento no dar tanta importancia a cosas que no la tienen.Intento ir contracorriente. Intento ser yo misma.

Sé que aún queda mucho camino por recorrer. Un camino muy largo y escarpardo. Pero lo importante es saber que quieres llegar al final. Yo lo estoy intentando. A veces siento que es demasiado dificil y a veces siento que quiero rendirme. Pero el no hacerlo, el no rendirme, me aporta esa fuerza necesaria para enfrentarme a cada día. No estoy recuperada, ni mucho menos. Y a veces creo que nunca lo estaré del todo. Pero ahora, por fin, soy capaz de salir de casa sin preocuparme lo que piense la gente. Porque los demás no me importan, me dan igual. No cambia nada en mí. De hecho, me he dado cuenta que la gente no repara en ti, que a los demás no les importas, no significas nada para ellos. ¿Qué importa lo que piensen los demás si tú estás a gusto contigo misma? Ahora, por fin, puedo ir a clase sin sentirme incómoda, sin preocuparme por los demás, por lo que piensen o dejen de pensar porque no me afecta en absoluto. No te afecta lo que los demás piensen de ti sino lo que tú piensas de ti misma. Y lo más importante de todo es creer en uno mismo y saber cuánto vales.

Ahora por fin, puedo hablar con mis padres, sentirme a gusto en casa. Y estas pequeñeces son las que me confirman en mi deseo de querer seguir intentándolo porque me demuestran que merece la pena. Todas estas cosas sin importancia me están haciendo mucho más feliz de lo que he sido todos estos años luchando por un sueño inalcanzable.

Y mi sueño sigue ahí. Sigo queriendo ser perfecta pero no es la misma perfección que ansiaba antes. Es una perfección más real, más sana. Es una perfección más imperfecta. Es la perfección de ser feliz, de ser libre, de ser tú misma."

ANA

 

 

ANA -

Lieu
Perfeccionista - Exigente - Ambiciosa - Estricta - Perseverante - Fuerte - Maniática - Extremista - Insegura - Inestable - Independiente
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